Mal presagio




Las aventuras del Capitán Chinaski
Capítulo 5
Mal Presagio

Algo no marcha bien. Lo presiento. Tengo un mal augurio que angustia mi miserable existencia.

He vuelto a soñar contigo, hijo mío. Ni siquiera sabrás que hoy cumples 16 años.

Recuerdo la noche que viniste al mundo como si fuese ayer mismo. Aquella noche, llovía un torrente sobre cada rincón de Puerto Farraca. El techo de la taberna, lloraba lluvia filtrada por las tablas del tejado. Y yo, subida a una mugrienta mesa de madera, empujaba en silencio mientras se me desgarraban las entrañas. Relampagueaba iluminando la noche tras los cristales rotos de la ventana. Y entonces, hacía coincidir mis gritos con el ronco rugido de cada trueno. Entre rayo y rayo, maldecía al Capitán Chinaski.

Dieciséis años, cuantas cosas han pasado y que vértigo al asomarme al precipicio del tiempo que pasa sin piedad por esta piel de naranja mía.

¿Dónde estarás, hijo mío? Mañana, harán once meses sin verte. Dieciséis años son nada y once meses acaban siendo mucho tiempo para una madre anónima. Te estás convirtiendo en un hombre al abrigo de Chinaski, mientras yo, pago muy caro el precio de no verte crecer por haberte entregado al mar. Era lo único que en aquél entonces podía hacer por ti. Bajo la monstruosa reputación de tu padre, yo se que se esconde un hombre clemente y sabio. El posee la inteligencia y la destreza para hacer de ti algo grandioso. Él, te ha forjado durante estos años siendo un padre sin tu saberlo, y seguirá moldeando tu espíritu mientras viva, y te enseñará a ser un hombre de honor y palabra. A su manera, pero sabrá hacerlo. Lo conozco mejor incluso, que ese contramaestre tuerto y cojo al que sacó de la más apestosa miseria, en esta misma taberna, cuando yo no era más que una niña. ¿Dónde te fuiste, infancia mía, que no vuelves a mi recuerdo ni reflejada en los ojos de mi propio hijo?

Hijo mío, si algún día, al tenerte delante, pudiese hablarte como se habla a un hijo...
Si algún día pudieras verme como a una madre, en lugar de ver en mi a la ramera Mis Hairy, a esa tabernera alegre y dicharachera que sortea con gracia y descaro las indecentes proposiciones de los filibusteros que hasta aquí llegan a mojar sus miserias en el ron seco que les sirvo. Y pensar que en otro tiempo, mis pechos asomaban firmes por encima de las blusas desbocadas, ¡Ay de todos mis dientes que brillaban hermosos y cristalinos cuando aún sabía sonreír.
-¡Maldita zorra!- Así me llamó después de abofetearme. Y dijo que te arrojaría al mar si había de llevarte con él. Pero yo siempre leí en sus ojos, y sabía por el modo en que brillaban que ya nunca estarías solo. Entregarte al él era lo único que podía hacer para evitarte llorar de hambre. El capitán Chinaski, era mi única esperanza de verte algún día ser lo que hoy eres. Sé que hice lo correcto, aunque me pese, aunque muera siendo para ti, Miss Hairy, la vieja tabernera alegre y dicharachera que algún día antes fue la más hermosa de las rameras.
-¡Arrójalo al mar, mal nacido! cualquier cosa es mejor que verlo morir de hambre o peste bajo el abrigo de una madre que no es capaz de cuidar de sí misma.
-Tú ya nunca más serás su madre- eso me dijo en un susurro cargado de odio, y me hizo jurar apretando mi cuello con sus manos, que nunca sabrías de tu origen.
¡Ay capitán Chinaski! Cómo te odio y cómo te admiro a la vez... cómo te amo. Me hubiese gustado morir en aquel ahogo de manos cálidas y enormes. Sin más mortaja que tu mirada cubriendo mis pies y mi vientre.

Cómo se pierden mis ojos cada tarde en el horizonte buscando el palo mayor y las telas ennegrecidas de La Pena cortando el mar y el cielo.
Cómo ansío el regreso de la tripulación y con ella, de mi hijo y del Capitán a saciar su sed en esta vieja y sucia taberna holandesa.

Enviado el viernes, 29 de agosto de 2008 | 39 pergaminos   | Archivado como:

Millas Marinas



Las aventuras del Capitán Chinaski
Capitulo 4.
Millas Marinas

Tenemos agua y comida para los próximos dos días. Pero eso no es muy alentador cuando el trozo de tierra más cercano, la isla de la Calavera Blanca, aún dista al menos tres jornadas de buen viento. La situación es más complicada cuando llevamos dos días y tres noches, maldita sea, postrados en el mismo mengajo de quietud de agua. En algún lugar, a medio camino entre el meridiano de Silver Jones y la Gruta del Escorpión Gris.
Ya el contramaestre Pool Nelson, había insistido en no tomar esta ruta. Dice que La Pena Negra entristece siempre al surcar estas latitudes. Pero yo, por todos los diablos, tozudo de nacimiento, nunca he hecho caso de las viejas leyendas que maldicen estas millas marinas.
-Paparruchas, Sr. Nelson-.
Y aquí estábamos, como anclados en un mar difunto. Todos los hombres, observando el atardecer en cubierta. El miedo puede olerse en sus ojos. Pendientes de las nubes y el horizonte, de la puesta del sol, de algún indicio de viento o brisa que hinche las velas de La Pena Negra, que ha entristecido de golpe como vaticinó Nelson. Hay una bruma que lo envuelve todo, un algo invisible que parece el opio del último sueño.
El Sr. Lester, nuestro cocinero, maldice ente los cacharros al Contramaestre. También los hombres, en cubierta, culpan al Sr Nelson por habernos arrastrado nuevamente por corrientes desfavorables. Al Sr. Nelson parece no importarle. Dócil y paciente, camina entre los muchachos hacia a mi, cruza el puente de mando. No puede respirar con normalidad. El bochorno obstruye sus pulmones, y sin embargo, su rostro sudoroso y enrojecido sonríe al acercarse a mí. Bebe de su taza de té mirando al infinito. Postra su mano sobre mi hombro, y me susurra:
-Tranquilo, Capitán. Saldremos de esta.

Damían Varea

Enviado el domingo, 17 de agosto de 2008 | 44 pergaminos   | Archivado como:

Las viejas costumbres



Las aventuras del Capitán Chinaski
Tercera entrega

LAS VIEJAS COSTUMBRES

A todos nos pasa. Tenemos épocas en las que decidimos desafiar ferozmente a todos y a todo. Primero decidimos ponernos en forma. Y empezamos a ejercitar nuestro cuerpo de torso desnudo al amanecer en la cubierta. Los músculos responden a regañadientes, y el dolor es nuestra recompensa al esfuerzo, luego, atracamos en los puertos para merodear por los antros más duros. Y nos sentamos solos en un madero, a observar las paredes, bebiendo a la espera de que surjan problemas. Desafiando con la mirada a los problemas a que asomen las narices. Hasta que por fin, llegan. Encarnados en algún mugriento marino, o en algún rastrero con cadenas entre los dedos.
Entonces surge un malentendido y vamos afuera. Puño contra hueso. Encajamos lo que venga. Lanzamos puñetazos desde los hombros, gruñimos, cogemos aire a bocanadas, esquivamos golpes a manotazos. Y los pies bien aposentados, lo importante es no perder el equilibrio. El gentío alborota borracho y jadea a la espera de que uno caiga. Les da igual quien sea.
Sospeso a los tipos con cadenas entre los dedos uno a uno, y algunos me parecen inofensivos, por suerte, casi todos lo son. Y a las mujeres de mala vida, les gustan los tipos que pelean, no lo entiendo. Les encanta, descolgarse hasta sus camastros de posada barata, en la penumbra, excitadas por su estúpido valor. Pero no tardaran en empezar a absorberte la dependencia al mar, con paciencia, con maña. Intentarán reclamarte permanentemente como algo de su propiedad. Haciendo que en comparación, esos filibusteros borrachos con cadenas entre los dedos, palidezcan y resulten inofensivos. Y entonces, una noche, estás sentado en tu sucia estancia de posada barata con quien sea, y ella te habla de su desdichada infancia. O de aquella vez, que cruzó sola la indómita selva de Port Farraca. Y ti te alcanzan sus palabras como una patada en el estómago, y te preguntas ¿qué diablos estoy haciendo aquí?
Y al día siguiente dejas de ejercitar tu cuerpo al amanecer, y la dejas. Y dejas tus planes desacertados, y dejas de ponerte a prueba. Ponerte a prueba resulta que no tiene mayor importancia. No es más que vanidad. La vanidad que atiborra a nuestra propia masa de grasa y edad abotargada. Te reagrupas, es sencillo. Y algún tiempo después, bebiendo en alguna barra oscura, una bestia con pinta de palurdo te clava un codo, te empuja con brusquedad
-¿Algún problema?
Y tú, que te has cruzado en su camino, le miras a los ojos y le dices despacio
-Perdone Señor, ¿podría invitarle a un trago?
Y el se queda perplejo ante tu amabilidad.
Bien, bien, bien...
Un hombre tiene que dar una vuelta completa a sus pensamientos y volver a donde estaba. Volverse razonable y cuerdo de nuevo. Entonces, las mujeres se vuelven más hermosas y las habitaciones más grandes, limpias y luminosas. Y no es que yo vaya buscando lo uno ni o otro, pero al final las situaciones acaban encontrándome.
Sigo ejercitando mi cuerpo al amanecer, muy muy de vez en cuando, eso sí. Las viejas costumbres, pueden tardar en morir más que los hombres viejos.

Texto inspirado en el relato de Charles Bukowski “Pesas”
Adaptado para “Las aventuras del Capitán Chinaski” por Damián Varea.

Enviado el lunes, 11 de agosto de 2008 | 26 pergaminos   | Archivado como:

Perdóname

PERDONAME

-Hoy, Sr. Nelson, es uno de esos días, que incluso a mí, me resulta dificil creer que soy Dios.
-¿El todo poderoso creador del universo, Capitan?
-Ojalá, no fuera yo el principio de todas las cosas. Ojalá, Sr. Nelson, tuviera yo también un Dios a quien culpar de todo lo que soy. De todo lo que he hecho.
-Pero, Capitán... Es tan agradable sentirse en manos de algúien...
-He sido capaz de crear el universo de la nada, pero ahora sólo soy las ruinas de un maravilloso sueño. Se que estoy solo, contemplando la agonía de la humanidad. Mi humanidad.
-Pero Capitán, pasamos las tardes enteras, contemplando la creación.
-Ya no tengo nada mejor que hacer. Mi creación, si. Sin duda, a mi imagen y semejanza. Maltradada por el tiempo.
-¿El tiempo, Capitán?
-Sí, el tiempo. El tiempo me ha vencido y os he dejado abandonados en la decadencia, en el sinsentido del universo... Perdoname...
-¿Perdonarle, Capitán?
-Que vais ha hacer sin mi, ahora que ya no os quiero.


Vicente Llorente


Enviado el domingo, 3 de agosto de 2008 | 16 pergaminos   | Archivado como: ,